Ricardo Palma

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Don Ricardo Palma nació el 7 de febrero de 1833, para incorporarse a las filas de los románticos peruanos que, desde la literatura, bregaron entre 1848 y 1860 por aquella otra liberación que debía producirse en el lenguaje y la mente.

Ricardo Palma

Contenido

Infancia

Ricardo Palma vivió entre 1833 y 1919, ochenta y seis largos años que le permitieron ser testigo y no pocas veces actor de muchos acontecimientos y cambios en la vida del país, entre la inexperta república niña de los rudos caudillos militares y el inicio del autoritario Oncenio de Augusto B. Leguía.

Nació en Lima el 7 de febrero de aquel año y fue bautizado Manuel, pero aún muy joven prefirió llamarse Manuel Ricardo y, a poco, solo Ricardo. Sus padres fueron Pedro Palma y Dominga Soriano, peruanos de provincia y condición popular a quienes la vieja capital de los virreyes españoles y presidentes patriotas había acogido como a otros inmigrantes que buscaban un mejor destino.

Pedro Palma era un pequeño comerciante con talento no sólo para el negocio sino para litigar y, de ser preciso, defender sus derechos en las páginas de los periódicos citadinos. A sus aspiraciones sociales se debió que el niño recibiera una competente educación en los reputados colegios particulares de Clemente Noel y Antonio Orengo, en los cuales se distinguió por su buen aprovechamiento.

Lector asiduo de libros de historia y literatura, al igual que otros jovencitos se dedicó a escribir versos románticos, publicando los primeros en el diario El Comercio cuando sólo tenía quince años (el soneto «A la memoria de la Sra. D.ª Petronila Romero»).

Adolescente con inquietud intelectual, se hizo periodista, profesión que durante la primera mitad de su vida practicó regularmente, convirtiéndose en uno de los activos miembros de la romántica generación moza -con Manuel Nicolás Corpancho, José Arnaldo Márquez, Clemente Althaus, Carlos Augusto Salaverry, Manuel Adolfo García, Trinidad Fernández, entre otros-, la de los nacidos entre las décadas tercera y cuarta del siglo XIX, que más adelante retrató en el autobiográfico y memorialístico ensayo titulado La bohemia de mi tiempo.

También incursionó, con poco éxito pero mucho entusiasmo, en el teatro, escribiendo dramas (El Hijo del Sol, La hermana del verdugo, La muerte o la libertad y Rodil) y comedias (Los piquines de la niña, Criollos y afrancesados, ¡Sanguijuela! y, con el afamado Manuel Ascensio Segura, El santo de Panchita) que después echó al olvido.

Educación

Palma fue alumno irregular del Colegio de San Carlos cuando, dirigido por el sacerdote y pensador tradicionalista Bartolomé Herrera, era el mejor del país.

Su escasa economía y poca afición al estudio lo determinaron a trabajar, y en 1853 entró a servir al Estado como oficial tercero del Cuerpo Político de la Armada, la dependencia de la Marina que se ocupaba de las tareas administrativas, gracias al apoyo de sus amigos y protectores Miguel del Carpio, jurista y mecenas, y Juan Crisóstomo Torrico, el poderoso Ministro de Guerra y Marina.

Como marino tuvo diversas comisiones; así, durante pocos meses del mismo año vivió embarcado en la goleta de guerra «Libertad», estacionada en las islas de Chincha para darles seguridad cuando eran el mayor emporio guanero del país, y en 1855 naufragó a bordo del moderno vapor «Rímac», debiendo afrontar un agotador peregrinaje por el desierto antes de obtener ayuda, pero se ganó una honrosa recomendación por su conducta responsable.

Al año siguiente, junto a otros marinos, se adhirió a la revolución del general Manuel Ignacio de Vivanco, lo que le acarreó sinsabores y decepción, debiendo sufrir las consecuencias de su fracaso. Ferviente liberal y decidido masón, el 23 de noviembre de 1860 contribuyó al frustrado asalto al domicilio presidencial que, dirigido por el tribuno José Gálvez Egúsquiza, buscó derrocar al general Ramón Castilla, lo que determinó su autoexilio en Chile. En Valparaíso desarrolló fructífera labor literaria y periodística, especialmente en la Revista de Sud-América, ganándose el aprecio de numerosos intelectuales con quienes compartía ideales, sentimientos y aficiones.


Viajes y revoluciones

Ricardo Palma en 1864 de vuelta en Lima (octubre 1862) y dueño ya de cierto prestigio intelectual logrado con esfuerzo, su cercanía al régimen del general Juan Antonio Pezet le ganó el nombramiento de Cónsul del Perú en el Pará (Belén), importante puerto brasileño en la desembocadura del Amazonas.

En tránsito a su destino, viajó a Europa y visitó Londres, París y otras ciudades que impresionaron fuertemente su sensibilidad tanto como agotaron sus recursos, de suerte que cuando llegó al Brasil no pudo asumir el citado cargo y tuvo que retornar al Perú previa escala en Nueva York en días del asesinato del presidente Lincoln.

Una vez en la patria, se plegó a la revolución nacionalista suscitada por el tratado que el Gobierno había firmado con España, y el 2 de mayo de 1866 fue uno de los cercanos colaboradores del secretario de guerra José Gálvez, la más ilustre víctima del glorioso combate naval de ese día.

Poco después su labor opositora lo llevó al exilio en el Ecuador, haciendo la campaña revolucionaria que colocó en el poder al coronel José Balta, cuya secretaría desempeñó, convirtiéndose a poco, además, en senador por el departamento de Loreto. Nunca llegó a mayor altura en las esferas del poder. Su caso es uno de los más notables de ascenso social decimonónico, fundado no sólo en el talento, sino en la actividad política y en las leyes igualitarias de la joven República.

En 1872 publicó su primer libro de Tradiciones, al que siguieron otros, todos ellos recopilaciones de sus apreciados relatos histórico-literarios salidos previamente en periódicos y revistas (La Revista de Lima, El Correo del Perú, La Broma, etc.), sustento de su creciente fama en el mundo hispanoamericano. Igualmente, a partir de ese año fue dejando poco a poco la política activa para dedicarse con más fuerza a la literatura. En 1876 cambió su apreciada soltería por el estado matrimonial al casarse con Cristina Román, limeña como él, en quien tuvo larga descendencia. A poco, provocó una sonada y continental polémica por sus audaces e iconoclastas revelaciones sobre las violentas muertes de Bernardo Monteagudo y José Sánchez Carrión (que comprometía, esta última, nada menos que a Simón Bolívar). En 1878 fue nombrado miembro correspondiente de la Real Academia Española.

La Guerra con Chile lo sorprendió en plena producción intelectual y le ocasionó la irreparable pérdida de su vivienda y valiosa biblioteca, archivo epistolar y obras inéditas en el incendio del pueblo de Miraflores, donde se había establecido con su familia; no le fue fácil superar tan dolorosa contingencia.

Sus despachos de corresponsal, publicados en periódicos extranjeros, le atrajeron las sospechas y represalias del enemigo en los trágicos días de la ocupación de Lima. Fue invitado a viajar a Buenos Aires para trabajar en el gran diario La Prensa, pero obtuvo del presidente de la República general Miguel Iglesias el ansiado nombramiento de Director de la Biblioteca Nacional del Perú, destruida por los chilenos, a poco de hacerse la paz (noviembre 1883).

La Biblioteca Nacional

Ricardo Palma ante su mesa de trabajo convertido en Director de la primera biblioteca del país, Palma se propuso reabrirla en ceremonia pública que hiciera ver la voluntad nacional de levantarse de la ruina.

Entonces apeló a todas sus fuerzas y recursos para reconstruir el saqueado centro de cultura, no dudando en llamarse «bibliotecario mendigo» al demandar la donación de libros a numerosas e importantes personas e instituciones de cultura peruanas, americanas y españolas, gracias a lo cual pudo reabrir su querida Biblioteca el 28 de julio de 1884, dándole al país una señal de vitalidad en ese tiempo de convalecencia y desmoralización.

Dirigió la Biblioteca durante el largo periodo de veintinueve años, viendo el paso de numerosos gobiernos y gobernantes, señal de que, finalmente, en el país se respetaban los méritos intelectuales, como también de la madurez política que, en medio de sus limitaciones, tuvo el tiempo de la posguerra y la República Aristocrática.

En atención a su prestigio y bien ganada autoridad intelectual, la Academia Española le encargó organizar la correspondiente Academia Peruana, docta institución que vio instalarse en 1887 con un personal de sobresalientes escritores nacionales.

Por la misma época fue severamente cuestionado por Manuel González Prada, adalid de la juventud y promotor radical de la renovación profunda del país en todos los órdenes. En celebrados discursos públicos, Prada lo atacó sin mencionarlo afirmando que las tradiciones constituían una literatura servil, retrógrada, arcaizante, más aun al relacionarlo con la generación que perdió la guerra con Chile y el 28 de julio de 1888, en el "Politeama", mediante alusiones directas a Palma y otros integrantes de dicha generación; se atribuye representante de una "nueva generación"; atacando a la precedente y emitiendo su famosa condena:

"En esta obra de reconstitución y venganza, no contemos con los hombres del pasado: los troncos añosos y carcomidos, produjeron ya sus flores de aroma deletereo y sus frutos de sabor amargo. Que vengan árboles nuevos, a dar flores nuevas, frutas nuevas.¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra! "

Palma sufrió mucho y nunca logró reconciliarse con toda la generación nueva. En realidad, se enfrentaron dos formas distintas de entender el objeto de la literatura. Palma, que siempre tuvo verdadera pasión historicista, resultaba en ese contexto un hombre del pasado, un servidor del Virreinato, cuando lo que hacía falta era un ser renovador y progresista. Las circunstancias y la odiosidad que le tenía Prada se dieron la mano para condenarlo a un lugar, aunque aún digno, secundario.

Con el paso del tiempo, sin embargo, su figura adquirió nuevo relieve, y la juventud, lejos de la etapa iconoclasta de la posguerra, vio en él al mago creador de las tradiciones que siempre quiso ser.

Años Finales

El paso de los años afectó su labor física e intelectual. Los médicos le ordenaron limitar al máximo su trabajo literario. Por ello, requerido una y otra vez por propios y extraños, tuvo que negarse a brindar su colaboración a numerosas publicaciones que deseaban contarlo entre sus mentores.

Ricardo Palma con sus nietos en 1918Un grave desacuerdo con el primer gobierno de Leguía por la justa defensa de sus fueros le hizo renunciar la jefatura de la Biblioteca Nacional en 1912, lo que motivó el homenaje y la protesta de la ciudadanía por boca de prestigiados escritores jóvenes en concurrida velada realizada en el Teatro Municipal. Anciano y valetudinario, se retiró por segunda y definitiva vez a Miraflores, desde donde todavía pudo recomponer la Academia Peruana en 1917 y escribir algunas páginas de remembranza y versos. Murió, rodeado de hijos y nietos, en su casa convertida hoy en museo, el 6 de octubre de 1919.

La obra

De reconocido prestigio en el mundo cultural hispanoamericano, Ricardo Palma es la figura más significativa del romanticismo peruano y uno de los escritores mejor dotados del siglo XIX americano. Polifacético, espíritu renovador y progresista, su actividad literaria se desarrolla en campos muy diversos.

Como poeta siguió la corriente romántica europea de Zorrilla, Heine, Victor Hugo y Byron. Dentro del género lírico publicó Poesías (1855), Armonías. Libro de un desterrado (1865), Pasionarias (1870), Verbos y gerundios (1877) y Enrique Heine. Traducciones (1886). Reeditó gran parte de su obra poética en el libro Poesías (1887), que llevó como introducción el estudio "La bohemia limeña de 1848 a 1860. Confidencias literarias". Posteriormente publicó su poema A San Martín (1890), que originó una protesta del gobierno chileno por considerarlo ofensivo a ese país. Su último libro de versos fue Filigranas. Aguinaldo a mis amigos (1892). Fue también compilador de Lira americana. Colección de poesías de los mejores poetas del Perú, Chile y Bolivia (1865).

Entre sus trabajos históricos podemos mencionar Anales de la Inquisición de Lima (1863), el polémico Monteagudo y Sánchez Carrión. Páginas de la historia de la independencia (1877) y su Refutación a un compendio de historia del Perú (1886), cuyo ataque a los jesuitas motivó que el Congreso peruano declare la prohibición del establecimiento de esta orden religiosa en el país. Su labor como principal gestor y presidente de la Academia Peruana de la Lengua desde el 5 de mayo de 1887 está representada por los Anales de la Academia Correspondiente de la Real Española en el Perú (1887), y especialmente por sus valiosas sugerencias a favor de la admisión de nuevos vocablos contenidas en sus libros Neologismos y americanismos (1896) y Papeletas lexicográficas (1903). Publicó además Recuerdos de España (1898), sobre su viaje a ese país en 1892, que después sería reeditado con el título Recuerdos de España precedidos de La bohemia de mi tiempo (1899).

Tradiciones Peruanas

Palma reivindica nuestra propia historia como tema literario. Para ello, arrepentido de sus primeros intentos con la poesía y el teatro, crea un nuevo genero, la tradición, que él mismo define: "En el fondo la tradición no es más que una de las formas que podía revestir la Historia pero sin los escollos de ésta. Cumple a la Historia narrar los sucesos secamente, sin recurrir a las galas de la fantasía (...). Menos estrechos y peligrosos son los limites de la tradición. A ella, sobre una pequeña base de verdad le es licito edificar un castillo".

Así, las tradiciones son castillos literarios, ficciones de narrador, con una pequeña base de verdad. Son como los cuentos del abuelo, en los que haría mal en fiarse un historiador, pero que nos transmiten esa sabiduría de lo escuchado y de lo vivido, mucho más vital que la de lo leído. Precisamente en las consejas de abuelo tienen su origen muchas de las tradiciones, propias de una Lima aldeana donde había largas horas para la tertulia y para escuchar a los mayores. Otras tantas vienen del afán de Palma por revisar viejos papeles. No es gratuito que su primer libro sea una historia de la Inquisición de Lima. En ambos casos lo importante es la anécdota que se cuenta haciendo gala de caracterizaciones, diálogos y refranes. Cuando hay fuentes históricas se coloca además el parrafillo que proporciona al lector jugosa información de contexto.

Pero en la tradición Palma también reivindica nuestra habla. Son textos que están a mitad de camino entre lo hablado y lo escrito. Los diminutivos, las locuciones, los gestos, acercan los textos a la lengua de la conversación. Pero es sobre todo el léxico el que nos muestra con fuerza y claridad la presencia de una comunidad. Una de las más constantes batallas de don Ricardo fue contra la Real Academia, reticente siempre a acoger los términos acuñados en nuestra América. Los americanos tenemos derecho a apropiarnos del idioma que hablamos. En su Neologismos y americanismos Palma decía: "Hablemos y escribamos en americano; es decir en lenguaje para el que creamos las voces que estimemos apropiadas a nuestra manera de ser social, a nuestras instituciones democráticas".

Así, Palma es un tradicionista, un hacedor de tradiciones; pero no es un tradicionalista, un beato admirador del pasado. Por el contrario, nuestra colonia es desmitificada por el tono burlón con que la trata. Se trata para él de terminar el trabajo bolivariano de darnos libertad política, dándonos libertad lingüística y cultural.

Esto último merece una ampliación. Las «tradiciones» fueron el resultado de una búsqueda consciente de originalidad, que determinó toda una etapa de ensayo y preparación que duró muchos años. De ahí que las primeras «tradiciones» fueran relatos fuertemente románticos y convencionales, en los cuales apenas si se perciben algunas trazas originales, las cuales, con el paso del tiempo y la maduración literaria de su autor, cobrarán mayor relieve y plasmarán resultados maduros en los que el lastre del pasado es poco perceptible.

Es claro, pues, que la «tradición» palmina sufrió una fuerte evolución, desde las primeras (1853), que en realidad fueron novelitas románticas, hasta las más logradas de los años setenta y ochenta, cuyo perfil advierte claramente el logro de un resultado acabado en estilo, estructura, ligereza, gracia, humor, etc. Por otro lado, debe tenerse en cuenta que Palma siempre tuvo especial empeño en ofrecer productos muy elaborados, resultado de un proceso creador y perfeccionista que en realidad nunca dio por concluido, pues incluso introducía nuevos elementos -adiciones, supresiones, modificaciones, etc.- en versiones más de una vez publicadas. «Pulir la frase» fue para él una constante a lo largo de toda su carrera de escritor. En busca de un estilo inconfundiblemente suyo, Palma fue sin duda un escritor profesional consciente de su valía y celoso de su reputación, y por ello no pocas veces desechó obras por considerarlas indignas de su prestigio.

Sentido nacionalista e historicidad

La «tradición» palmina surgió en una etapa de la evolución intelectual del Perú republicano en la que un sector de la élite movido por claras ambiciones nacionalistas buscó la originalidad del país incluso en materia literaria. Uno de los mentores de la generación romántica, el citado Miguel del Carpio, aconsejaba así a sus jóvenes amigos:

Sabrá Ud., señor [Manuel Nicolás] Corpancho, que siempre he deseado que en todo género de cosas tenga el Perú lo suyo, lo propio, lo exclusivo, lo que no es, ni pueda, ni deba ser de nadie, para que en esto se parezca nuestra patria a otras cultas naciones, las cuales tienen un carácter señalado, un genio con tendencias privativas, una literatura especial, y, en fin, una cosa que no se parece a la de los otros pueblos de la tierra. Consecuente a este deseo, he aconsejado siempre a los jóvenes que me han honrado con su amistad, que escriban sobre argumentos nacionales, y no permitan que se pierdan entre la oscuridad de los tiempos, episodios poéticos de la mayor importancia que ofrece la historia del imperio peruano, y rasgos admirables de patriotismo y de entusiasmo que se han verificado en la guerra gloriosa de nuestra independencia.

Palma siguió el consejo y, sin duda, fue el que mejores frutos obtuvo. Por lo mismo, su obra tiene también el sentido de una literatura fundacional, pues en más de un sentido -cronológica y espiritualmente- «funda» la producción literaria peruana al darle, en efecto, un carácter no sólo peculiar sino propio, un sentido, una identidad. Palma buscó empeñosamente ese resultado pues, desde muy joven, entendió que estaba haciendo obra nacional.

También fue original y pionero en su actitud ante el pasado, ya que no desdeñó la época del Virreinato para situar sus relatos y emplearla como venero inagotable de argumentos (lo que le exigió no poca labor de archivo y rebusca de información documental). Su generación sufrió la tremenda limitación psicológica de considerar la época colonial, al igual que la generación anterior que le transmitió la imagen, como un tiempo tenebroso y de oprobio, indigno de ser recordado y menos recreado. A pesar de ese discurso, Palma descubrió en ella muchos elementos rescatables, y no dudó en explotar su singular riqueza histórica para sus fines literarios. Desde luego, siempre le acompañaron una serie de prejuicios anticoloniales y antihispánicos, pero a pesar de ellos acometió la tarea de rescatar del olvido los tres siglos virreinales, no en sus grandes acontecimientos sino en sus páginas más prosaicas, cotidianas y domésticas de la vida diaria. Por ello, y porque era un hombre a quien recrear la historia apasionaba profundamente, su obra brilla ante nuestros ojos como el mejor y más vital fresco del largo periodo colonial, lo que ha dado lugar a acusarlo de pasadista, evasivo y cultor del Virreinato, aunque no le han faltado defensores que, por el contrario, recuerdan su claro espíritu crítico, su pasión liberal, su prédica y hábitos republicanos, su ironía y su sátira aplicadas a las costumbres y hábitos coloniales, etc.

Oralidad y escuela

Una de las claves del éxito de Palma fue la fuerte oralidad de sus relatos. Oralidad en cuanto a la fuente -el pueblo anónimo, una abuela, la «tía Catita», algún viejo, etc.- y en cuanto a la presencia del rumor callejero con sus voces diversas y anónimas, y, cómo no, al desarrollo mismo del argumento, en el cual son frecuentes los diálogos que Palma nos deja escuchar por boca de sus bien caracterizados personajes. Los diálogos son sabrosos, salpimentados, ricos en matices humorísticos, fluidos y agudos, de suerte que la fuerte vitalidad que transmiten envuelve al lector al hacerle sentirse parte de la escena y ganarse su familiaridad. La extraordinaria agudeza criolla de Lima, con sus componentes negros e indios, suele expresarse libre y audaz a través no sólo de la oralidad sino de toda la argumentación de las «tradiciones».

Palma tuvo muchos imitadores hispanoamericanos que, como él, escribieron «tradiciones», aunque pocos en verdad lograron el difícil equilibrio del modelo. En todos los países surgieron «tradicionistas» empeñados en rescatar del olvido toda laya de consejas, leyendas, anécdotas, etc., animados también por la pasión historicista y motivados, unos más que otros, en un trabajo nacionalista y fundacional. En el Perú, escribieron tradiciones contemporáneos de Palma tales como Manuel Atanasio Fuentes (el Murciélago), José Antonio de Lavalle, Clorinda Matto de Turner, Eleazar Boloña, Aníbal Gálvez, Mariano Ambrosio Cateriano, Celso Víctor Torres, entre otros. Matto de Turner, Cateriano y Torres escribieron «tradiciones» de sus respectivos terruños, el Cuzco, Arequipa y Ancash, respectivamente, lo que prueba que la receta -y la necesidad- de escribir «tradiciones» también fue asimilada por las élites intelectuales provincianas. Al igual que en el Perú, más allá de las fronteras nacionales se reconoció el liderazgo y magisterio de Palma, a quien se tuvo -y se tiene- como escritor insuperable y modelo acabado del género.

Inventario y ordenación

La gran mayoría de «tradiciones» -alrededor de quinientas, incluidos textos que, sin serlo, se aproximan o alejan del género- fueron publicadas por Palma en sucesivas recopilaciones o series que vieron la luz entre 1872 y 1910. Desde entonces no han cesado de editarse total o parcialmente, habiendo sido agrupadas por series, épocas, antigüedad de los hechos referidos, temas, etc. Sin embargo, la edición más recomendable es la que sus hijas prepararon y realizó la casa editorial española Espasa-Calpe, en seis volúmenes, aunque la de la casa Aguilar es la más manuable por constar de uno solo.

Ciertamente, en un corpus tan grande se observan muchas variantes. Unas obedecen al tiempo en que fueron facturadas, pues la «tradición», como hemos visto, sufrió una evolución, a decir verdad un perfeccionamiento; otras a la mayor o menor extensión o trascendencia del argumento, otras a su oralidad y carácter coloquial, otras al tratamiento de las fuentes y a su historicidad, etc.

Una tradición

Los ratones de Fray Martín

Y comieron en un plato perro, pericote y gato. Con este pareado termina una relación de virtudes y milagros que en hoja impresa circuló en Lima, allá por los años de 1840, con motivo de celebrarse en nuestra culta y religiosa capital las solemnes fiestas de beatificación de Fray Martín de Porres
Nació este santo varón en lima el 9 de diciembre de 1579, y fue hijo natural del español don Juan de Porres, caballero de Alcántara, en una esclava panameña. Muy niño Martincito, llevolo su padre a Guayaquil, donde en una escuela, cuyo dómine hacía mucho uso de la cáscara de novillo, aprendió a leer y escribir. Dos o tres años más tarde, su padre regresó con él a Lima y púsolo a aprender el socorrido oficio de barbero y sangrador, en la tienda de un rapista de la calle de Malambo.

Mal se avino Martín con la navaja y la lanceta, si bien salió diestro en su manejo, y optando por la carrera de santo, que en esos tiempos era una profesión como otra cualquiera, vistió a los veintiún años de edad el hábito de lego o donado en el convento de Santo Domingo, donde murió el 3 de noviembre de 1639 en olor de santidad. Nuestro paisano Martín de Porres, en vida y después de muerto, hizo milagros por mayor. Hacía milagros con la facilidad con que otros hacen versos. Uno de sus biógrafos (no recuerdo si es el padre Manrique o el médico Valdez) dice que el prior de los dominicos tuvo que prohibirle que siguiera milagreando (dispénsenme el verbo). Y para probar cuán arraigado estaba en el siervo de Dios el espíritu de obediencia, refiere que en momentos de pasar fray Martín frente a un andamio, cayose un albañil desde ocho o diez varas de altura, y que nuestro lego lo detuvo a medio camino gritando: «Espere un rato, hermanito» Y el albañil se mantuvo en el aire, hasta que regresó fray Martín con la superior licencia.

¿Buenazo el milagrito, eh? Pues donde hay bueno hay mejor.

Ordenó el prior al portentoso donado que comprase para consumo de la enfermería un pan de azúcar. Quizá no lo dio el dinero preciso para proveerse de la blanca y refinada, y presentósele fray Martín trayendo un pan de azúcar moscabada.

-¿No tiene ojos, hermano? -díjole el superior.- ¿No ha visto que por lo prieta, más parece chancaca que azúcar? -No se incomode su paternidad -contestó con cachaza el enfermero.- Con lavar ahora mismo el pan de azúcar se remedia todo.

Y sin dar tiempo a que el prior le arguyese, metió en el agua de la pila el pan de azúcar, sacándolo blanco y seco. ¡Ea!, no me hagan reír, que tengo partido un labio.

Creer o reventar. Pero conste que yo no le pongo al lector puñal al pecho para que crea. La libertad ha de ser libre, como dijo un periodista de mi tierra. Y aquí noto que habiéndome propuesto sólo hablar de los ratones sujetos a la jurisdicción de fray Martín, el santo se me estaba yendo al cielo. Punto con el introito y al grano, digo, a los ratones.

Fray Martín de Porres tuvo especial predilección por los pericotes, incómodos huéspedes que nos vinieron casi junto con la conquista, pues hasta el año de 1552 no fueron esos animalejos conocidos en el Perú. Llegaron de España en uno de los buques que con cargamento de bacalao envió a nuestros puertos un don Gutierre, obispo de Palencia. Nuestros indios bautizaron a los ratones con el nombre de hucuchas, esto es, salidos del mar.

En los tiempos barberiles de Martín, un pericote era todavía casi una curiosidad; pues relativamente la familia ratonesca principiaba a multiplicar. Quizá desde entonces encariñose por los roedores; y viendo en ellos una obra del Señor, es de presumir que diría, estableciendo comparación entre su persona y la de esos chiquitines seres, lo que dijo un poeta: El mismo tiempo malgastó en mí Dios, que en hacer un ratón, o a lo más dos.

Cuando ya nuestro lego desempeñaba en el convento las funciones de enfermero, los ratones campaban, como moros sin señor, en celdas, cocina y refectorio. Los gatos, que se conocieron en el Perú desde 1537, andaban escasos en la ciudad. Comprobada noticia histórica es la de que los primeros gatos fueron traídos por Montenegro, soldado español, quien vendió uno, en el Cuzco y en seiscientos pesos, a don Diego de Almagro el Viejo.

Aburridos los frailes con la invasión de roedores, inventaron diversas trampas para cazarlos, lo que rarísima vez lograban. Fray Martín puso también en la enfermería una ratonera, y un ratonzuelo bisoño, atraído por el tufillo del queso, se dejó atrapar en ella. Libertolo el lego y colocándolo en la palma de la mano, le dijo:

-Váyase, hermanito, y diga a sus compañeros que no sean molestos ni nocivos en las celdas; que se vayan a vivir en la huerta, y que yo cuidaré de llevarles alimento cada día.

El embajador cumplió con la embajada, y desde ese momento la ratonil muchitanga abandonó claustros y se trasladó a la huerta. Por supuesto que fray Martín los visitó todas las mañanas, llevando un cesto de desperdicios o provisiones, y que los pericotes acudían como llamados con campanilla.

Mantenía en su celda nuestro buen lego un perro y un gato, y había logrado que ambos animales viviesen en fraternal concordia. Y tanto que comían juntos en la misma escudilla o plato.

Mirábalos una tarde comer en sana paz, cuando de pronto el perro gruñó y encrespose el gato. Era que un ratón, atraído por el olorcillo de la vianda, había osado asomar el hocico fuera de su agujero. Descubriolo fray Martín, y volviéndose hacia perro y gato, les dijo:

-Cálmense, criaturas del Señor, cálmense.

Acercose en seguida al agujero del mur, y dijo:

-Salga sin cuidado, hermano pericote. Paréceme que tiene necesidad de comer; apropíncuese, que no le harán daño. Y dirigiéndose a los otros dos animales, añadió: -Vaya, hijos, denle siempre un lugarcito al convidado, que Dios da para los tres.

Y el ratón, sin hacerse de rogar, aceptó el convite, y desde ese día comió en amor y compaña con perro y gato.

Y... y... y... ¿Pajarito sin cola? ¡Mamola!

Referencias

Salman-psl
Cervantes Virtual
Biografías y Vidas
Boletín de New York