Mariano Melgar

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Primeros años

Mariano Melgar, prócer y literato que ayudó a la causa patiota durante la guerra por nuestra independencia

Son pocos los datos precisos que se tienen de los primeros años de Mariano Melgar. Hijo como se ve de familia modesta, retoño que no era el primogénito ni iba tampoco a ser el último de la nutrida prole que, en sus dos matrimonios, hizo venir al mundo y veía crecer don Juan de Dios, es natural pensar que su vida infantil se desarrolló sencillamente, sin relieve especial y sin circunstancias que no fueran comunes. Paseos por el campo, nacimiento de hermanos, asistencia frecuente a las iglesias y las procesiones, primeras enseñanzas en la escuela severa e irremplazable del hogar, sus días se han de haber deslizado entonces como los de casi todos los niños de iguales condiciones de Arequipa.

Su hermano José Fabio cuenta que a los tres años ya sabía leer y que antes de los ocho años manejaba el latín de Cicerón y de Virgilio "y se había erigido en profesor gratuito de sus condiscípulos" . Y aunque haya que suponer en estos datos una exageración familiar muy disculpable, el testimonio mismo de lo que fueron luego su obra y su vida induce a pensar que esos encarecimientos han de haber tenido una base efectiva.

Se dice que su padre tenía una chacra en Paucarpata (la que, según Gerardo Holguín, fue vendida después a don Miguel Pareja) , que no sólo producía una renta regular, sino permitía a los niños el placer renovado de los paseos por el campo.

Con los estribos de sus andenerías y en el lozano verdor de la campiña, Paucarpata es uno de los lugares más atrayentes de los que circundan a Arequipa. El intendente Alvarez y Jiménez, tantas veces citado, que en su detallado recorrido por la región la visitó en el mes de junio de 1788, la describe con su ancha plaza, su Sala Capitular con portalerías de adobe en el frente, su desmedrada iglesia de cal y canto en lo alto de un suave promontorio y sus cultivos de trigo, maíz, papas y alfalfa.

Los cultivadores eran indistintamente hombres y mujeres. Pero estas últimas, además de sus faenas tempranas en las chacras, dedicaban parte de sus horas al tejido de "llicllas" o manteletas, medias y calcetas de algodón y de lana.

Una anécdota de su infancia

A esos mismos años, o a algún tiempo después, puede adscribirse la anécdota muchas veces repetida del reclamo que hizo Melgar a su madre a favor de unos indios, cuando ella les pidió rebaja en unas compras. Consultado por Gerardo Holguín, el sobrino del poeta José Moscoso Melgar contestó por escrito: "Con referencia al punto relativo a los indígenas, las palabras que escuché siempre de boca de mi finada madre y que Melgar dirigió en cierta ocasión a la que fue de ambos eran éstas: ‘Señora, nunca pida usted rebaja cuando compra algo a estos infelices, porque todo lo que tenemos y hasta el suelo que pisamos es de ellos.

Entre tanto, después de las primeras enseñanzas recibidas en el hogar, Mariano Melgar había comenzado sus estudios formales. En la Arequipa de entonces había para la primera etapa de los estudios siete escuelas gratuitas: una Escuela Real de Latinidad para niños, una Escuela Real de primeras letras para niños, una Escuela de primeras letras para niños fundada por el obispo Antonio de León a fines del siglo XVII, una Escuela de niñas fomentada por el Ayuntamiento, otra igualmente para niñas en el convento de Santa Catalina y otras dos escuelas para niños en los conventos de San Francisco y la Merced, donde se leían cursos de Latinidad y Filosofía para la juventud religiosa y seglar.

Educación

Fue el de San Francisco el primer colegio público al que asistió Mariano Melgar, no sólo por el prestigio que tenía sino posiblemente por la circunstancia material de que la Iglesia y el convento quedaban sólo a unas tres calles y en la misma recta de su casa.

No se conoce exactamente cuándo empezó a estudiar allí. Sólo se sabe que en 1807, terminado ese aprendizaje y cuando ya había cumplido diecisiete años de edad, hizo su ingreso en el más alto centro de estudios de Arequipa: el Seminario Conciliar de San Jerónimo.

Aunque su importancia intelectual databa de su misma fundación, el Seminario de San Jerónimo alcanzó su mayor renombre con las referidas reformas introducidas por el obispo Pedro José Chaves de la Rosa Galván y Amado, titular de la diócesis de Arequipa de 1786 a 1804, y cuya labor en tal sentido se ha podido equiparar a la reorganización de vasto alcance efectuada en el Convictorio de San Carlos de Lima por Toribio Rodríguez de Mendoza.

El ilustre y enérgico prelado (nacido en Chiclana, España, pero vinculado profundamente a la historia cultural americana) impulsó una renovación trascendental en los temas de estudio, en el personal y en los sistemas.

Con arraigado sentido religioso, pero con el espíritu ampliamente abierto a los nuevos conceptos de acrecentado objetivismo que se extendían por el mundo, el Seminario de Arequipa alcanzó gracias a él un carácter de centro de experimentación, de lugar donde al lado de las especulaciones metafísicas había interés por la ciencia natural, preocupación por los problemas sociales y económicos, atención hacia los hechos reales y concretos.

Y aunque es verdad que la reforma del Seminario de San Jerónimo fue más de carácter ético y científico que de despertar de problemas políticos, es también cierto que la aireación intelectual que la nueva actitud representaba tuvo que producir una posición de crítica frente a las realidades circundantes y la formación de un equipo parejo que se sintió pronto ya maduro para pasar del campo teórico a las realizaciones de orden práctico.

El año de 1810 tuvo singular trascendencia para Mariano Melgar –que entonces llegaba a los veinte años– en su carrera en el Seminario de San Jerónimo. Manteísta pagante, o sea alumno externo, desde su ingreso en 1807, alcanzó a obtener la beca de Colegial de gracia, que lo vinculaba definitivamente con la casa de estudios, al mismo tiempo que como comienzo de su ascenso de alumno a profesor se le encargó en forma interina la enseñanza del curso de Latinidad y Retórica.

Una certificación de estudios del 16 de mayo confirma que Mariano Melgar tenía la cátedra de Latinidad y Retórica que se le había encargado interinamente.

Desde aquella fecha, la vida de Melgar tuvo por otros años su marco permanente en el local del Seminario, que funcionaba en la calle de San Francisco. Según las Constituciones aprobadas el 1 de julio de 1807, expedidas a solicitud y según el texto del obispo Chaves de la Rosa pero llegadas a Arequipa cuando hacía tres años que el prelado había renunciado, no sólo eran severas las condiciones exigidas a catedráticos y alumnos y lo referente al gobierno espiritual, sino muy minucioso lo relativo a vestidos, horarios, salidas, colaciones.

La ropa de los seminaristas, por ejemplo, tenía que reducirse a lo siguiente: bonete negro, chupa y calzón del mismo color o azul obscuro, sobretodo azul con mangas y sombrero negro para las salidas al campo, zapatos gruesos con botones o cinta ordinaria, medias que no fueran de seda (las de seda estaban prohibidas aún para los pagantes); y como vestido de ceremonia loba de paño u otro género azul y beca roja con un escudo, en el que se llevaba bordada o de plata al martillo la imagen de Nuestra Señora de la Asunción.

Melgar, el romántico

Como todos los jóvenes de su edad, y más con la afinada sensibilidad de que en todos sus actos dio muestra, Melgar tuvo también por entonces su primera inquietud amorosa. A pesar de vestir el traje oficial del Seminario y de haber recibido una tempranísima tonsura a los siete años y las órdenes menores a los veinte, cada vez estaba más claro que no tenía verdadera vocación sacerdotal y que su ordenación en realidad era un deseo de su padre y no suyo. Aunque en este caso, y tal vez más que en otros, la leyenda que rodea a Melgar ha tenido, como es de suponer, viva ocasión para manifestarse, parece lo cierto que ese primer amor puede fijarse en 1810. Los datos autobio-gráficos que él mismo nos ha dado en su muy difundida Carta a Silvia1 tienen desde luego un adorno poético y no se pueden tomar literalmente, pero el proceso que nos cuenta es perfectamente verosímil. Ante todo nos dice que hasta los veinte años no había sentido el fuego del amor:

veinte veces el Sol repasó el cielo y otras veces la tierra sus delicias mostró en la primavera, desde el punto en que comenzó el curso de mi vida;

pero, "¡instante fatal!", todo cambió desde que vio y fue mirado por la joven a la que da el nombre literario de "Melisa":

Tres veces volví a ver sus vivos ojos, y tres veces hallé que me veían; ya no fui mío, fui del amor sólo.

Aunque con reticencias, y entre ciertas cortinas elusivas, revela que su amor le hizo deliberar consigo mismo:

y en calma bien tranquila resolví en largo tiempo deshacerme de otros deseos, que antes me movían;

lo que se puede interpretar como que fue entonces cuando desistió de la ordenación sacerdotal a que se había ido preparando. No hay constancia efectiva del nombre de esa primera amada de Melgar. La tradición constante en Arequipa, difundida por estudiosos de Melgar como Ladislao Cabrera Valdez, Francisco Mostajo y muchos más6 , han señalado el nombre de Manuela Paredes, hija del doctor Mariano Paredes, nacida en 1797 y casada más tarde con Nazario Julio Rospigliosi. Las "Noticias biográficas" dan de ella una imagen poco favorable, y el propio Melgar la llama una vez "la pérfida Melisa" y en su dolida composición "Sepa la cruel Melisa" cree que por sus burlas puede llegar a aborrecerla: (no me encanta una esquiva, a mí no me cautiva quien me hace padecer):

pero puede haberse tratado sólo de una coquetería juvenil y no de los crueles artificios que, en su cariño herido, le atribuye el poeta. Puede haber también mucho de ficción literaria. Por lo menos el nombre de "Melisa" era común entonces en las poesías amatorias de los autores españoles y de sus seguidores hispanoamericanos de la época.

Ya el agustino fray Diego González (1733-1794), en las églogas de su supuesto pastor Delio, cantaba a una "Melisa" que se ha creído que fue una señorita gaditana. Juan Bautista Arriaza (1770-1837), bien conocido por Melgar, en su idilio IV, Aglauro y Melisa, llama a una zagala de ese nombre: "Ven a tu amante, ven, dulce Melisa".

El clásico recuerdo de las églogas pastoriles se unía así, en esos años de valoración del "hombre sensible" frente a las frialdades del "hombre racional", a lo que era en Europa y América un anticipo del romanticismo.

Pero la "Silvia" de Melgar no fue una ficción poética, sino una mujer de carne y hueso, y además tenía con él una relación de parentesco si no muy próxima, no tampoco lejana. Según los datos consignados por el canónigo doctor Santiago Martínez, ella era nieta de María Sanabria, quien casó en 1731 con Ignacio Corrales y era hija de Francisco Sanabria y de Antonia Laguna, y hermana por lo tanto de Josefa Sanabria, la abuela paterna de Mariano Melgar. Los padres de la amada y del poeta (José Corrales y Sanabria y Juan de Dios Melgar y Sanabria, respectivamente) eran así primos hermanos es lógico suponer, por tal razón, que Melgar conoció y trató desde su infancia a quien iba a marcarle tan profundas huellas en su vida. Tal vez en esos primeros años sólo observó a su prima con una mirada indiferente, porque era siete años mayor que ella y en esos tiempos de la infancia las diferencias en la edad asumen una proporción extraordinaria. En efecto, Mariano Melgar había nacido en 1790, y María Santos Corrales y Salazar vino al mundo en 1797, el 1 de noviembre, o sea, el día de Todos los Santos, por lo que se la bautizó con ese nombre.

La familia Corrales vivía en una sencilla casa situada al extremo occidental de la ciudad, al otro lado del río Chili17 . Como la calle donde vivían los Melgar era la puerta de entrada y de salida de quienes llegaban de la sierra o partían hacia ella, el lugar donde habitaban los Corrales era en cambio la iniciación del camino a la costa. Por allí pasaron Bolívar y Sucre en los días intensos y entusiasmados de la Emancipación, y por esa calle, llamada del Beaterio, entraban los comerciantes y viajeros que traían, en su corazón y en sus pupilas el ambiente del mar.

Cuando a los veinte años de su edad Melgar empezó a sentirse envuelto en el amor a María Santos, ella era por lo tanto sólo una niña de trece años. No es mucho así lo que pueda haber puesto por su parte, de aceptación o de rechazo. Pero para los amores de un poeta basta su propio impulso, porque con lo que siente o lo que sueña, lo que cree percibir o lo que imagina, tiene elementos suficientes para desarrollar todo un drama amoroso.

Su viaje a Lima

Persuadido por sus padres para estudiar Jurisprudencia (pretexto para alejarlo de Silvia) viajó a Lima hacia 1811. La metrópoli, sacudida por el ardor oratorial de Baquijano y Carrillo y preñada de inquietud revolucionaria, no hizo sino fortalecer su convicción liberal y prepararlo para la lucha de la libertad de la patria. En Lima, fue profesor de Teología, Derecho, Historia y Matemáticas. De aquella época data la traducción de "El arte de olvidar", de Ovidio.

El dolor de perder a Silvia

Vuelto a Arequipa, Melgar pide la mano de de su amada, pero la niña, influída por sus padres, está contra el poeta, por lo que Melgar sufre los desdenes de Silvia. Apesadumbrado, erró por la soledad de la campiña de Majes, impregnando el ambiente con tristeza de sus yaravíes. Esta es sin duda la época determinante del apogeo del yaraví en la obra de Melgar.

"El yaraví - dice F. García Calderón - es el ¡ay! que emite el alma cuando está agobiada por un pesar o por un amor desgraciado. No es el acento ardoroso del odio, ni la devoradora expresión de la venganza; es el gemido del que ve perdido su amor y continúa queriendo."

Melgar y la causa libertaria

En el año de 1814 se produce la revolución de Pumacahua en el Cusco, que hace zozobrar la aparente tranquilidad del virreynato. Melgar, que se encontraba en Majes, se adhiere a la gran causa libertaria y marcha al combate por la independencia nacional. Aquella escena terrible de la despedida a sus padres inspirará más tarde a pintores y artistas. El virrey Abascal desplegó toda su energía y toda su fuerza sobre los rebeldes.

El sacrificio del Prócer

En la batalla de Humachiri (Puno), Melgar se batió como el más valiente dirigiendo la artillería, en los momentos culminantes bajó de su caballo y manejó el cañón con olímpico denuedo. Ramírez, general realista, destruyó las tropas rebeldes y Melgar fue hecho prisionero. Sereno, estoico, grande, afrontó el injusto proceso sumario que se le instauró allí mismo, por ser un patriota. Y subió al patíbulo como todo un héroe, ofrendadno su preciosa vida a la libertad de su patria.

Fue fusilado en la mañana del 12 de marzo de 1815, cuando aún no había cumplido los 25 años. El padre del poeta mártir murió al saber la noticia.

La gloria de Mariano Melgar no sólo es gloria arequipeña, ni siquiera gloria peruana, es gloria de América, gloria de aquellos que creen y luchan por el amor y la libertad.

Referencias

  • www.sisbib.unmsm.edu.pe
  • www.adonde.com
  • www.palabravirtual.com