El Hombre Primitivo y los restos arqueológicos

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Los Pobladores Transhumantes

Hombre cazador

En los cerros que forman las márgenes de la banda derecha del río Chillón, caso en la desembocadura del mismo y frente a la casa de la hacienda Márquez, se encuentran los más antiguos vestigios de la presencia del hombre en la costa central. Se trata de un extenso sitio, situado a media falda del cerro Cucaracha, que los costeños de hace 12,000 años usaron como cantera para fabricar los utensilios que requerían para satisfacer sus necesidades de cazadores-recolectores de la edad Lítica.

En dicho sitio esos "limeños" primitivos cortaron las faldas del cerro habilitándolas como pequeñas canteras, donde trabajaron lo que podríamos llamar la primera etapa de sus rústicos utensilios y herramientas.

En otras palabras, los trozos de la cuarcita del lugar eran desvastados, mediante percusión, hasta obtener una burda aproximación a la forma del instrumentos que se pretendía lograr, cuya terminación se realizaba en los campamentos en que habitaban temporalmente los pobladores trashumantes de nuestro litoral.

Cuando la "pre-forma" lograda no era satisfactoria o se rompía durante el proceso de fabricación, los restos eran arrojados en las inmediaciones de la cantera y pacientemente se iniciaba la elaboración de un nuevo instrumento. Debido a esta forma de organización del trabajo, contamos con el valioso testimonio arqueológico que constituye el taller lítico de las márgenes del Chillón.

En las faldas del cerro Cucaracha se encontraban, hasta hace poco, cientos de miles de astillas y esquirlas de cuarcita, productos del desvastado de las "pre-formas", e incontables restos de utensilios inacabados, tales como chancadores, raederas, raspadores, punzones, cuchillos y hachas de mano e inclusive puntas bifaciales y proyectiles puntiagudos, probablemente parte de armas de caza lanzadas con estólicas. El yacimiento arqueológico toma el nombre de Chivateros y sus restos han sido clasificados en cuatro complejos cuya duración abarca desde el 10,000 hasta el 7,000 a.c.

Industria Lítica de Chivateros

Al mismo tiempo que los antiguos pobladores de la Comarca de Lima labraban sus armas y herramientas en el valle del Chillón se desarrollaba a lo largo de toda la costa una intensa actividad de las bandas trashumantes que se dedicaban a la caza y a la recolección de frutos silvestres.

De ellos han quedado varios testimonios en los conjuntos superficiales que se encuentran en Amotape Piura (9,500 a 7,500 a.c.), Paiján y Pampa de los Fósiles, La Libertad (9,000 - 8,000 a.c.) y en Toquepala, Moquegua (7,617-7,527 a.c.) Asimismo, en la sierra hay abundantes vestigios de la presencia de los nómadas de la época, en las cuevas y reparos de Panalauca, Corimachay y Pachamachay, en el departamento de Junín (10,000 - 9,500 a.C) y muy especialmente en la cueva de Lauricocha situada en Huánuco (7,566 a.c.), donde A. Cardich (1948) encontró los más antiguos restos humanos de la pre-historia peruana.

Anteriores a estos restos arqueológicos hay pocos yacimientos que ofrezcan vestigios confiables de una mayor antigüedad del hombre en el Perú, pues casi todos son complejos superficiales que, por su naturaleza, fácilmente inducen a errores apreciables en el fechado.

Sin embargo, se tiene la convicción de que los primeros cazadores nómades llegaron a nuestro país hace aproximadamente 20,000 años, procedentes del norte del continente, habiéndose registrado su paso por Nicaragua 22,000 a.c. Los hallazgos arqueológicos de Pikimachay y Jayhuamachay en Ayacucho, de Huargo en Huánuco y de Guitarrero en el Callejón de Huaylas, aún cuando el fechado que se le asigna ha sido controvertido, parecen probar que la presencia del hombre en el Perú es muy temprana (18,000 a.c.) y que en cualquier momento se podrá acreditarla fehacientemente, tanto en la sierra coma en la costa.

En todo caso, es seguro que los nómades pleistocénicos, que llegaron al Perú persiguiendo a la gigantesca fauna del período, eran portadores de una tecnología avanzada en la elaboración de instrumentos líticos, se agrupaban en pequeñas bandas de 20 a 25 personas y recorrían vastos territorios, albergándose temporalmente en reparos y cuevas en las alturas serranas y en rústicos campamentos en las sabanas costeñas.

El nomadismo puro de los primitivos cazadores, es decir el viajar permanentemente siguiendo las huellas de la casa mayor o buscando un clima más benigno que permitiera mejores condiciones de vida y una más cuantiosa recolección de frutos silvestres, pronto devino en un nomadismo regional (10,000 a.c.), cíclico y periódico, en el que los cazadores-recolectores se movían aprovechando los beneficios que ofrecían los cambios de estación, la existencia de microclimas y la presencia de pisos y nichos ecológicos. Así, los movimientos migratorios eran tanto horizontales como verticales, de desplazamiento longitudinal y de ascensión transversal a través de la geografía peruana.

La migración de las bandas se circunscribía a ciertos territorios en los que su presencia se daba de acuerdo a los imperativos del clima y a su consecuente impacto en los recursos naturales de la región. Así, las bandas que tenían la costa como su hábitat principal, además de recorrer el litoral y explotar los abundantes recursos que ofrecían las lomas costeras, hacían incursiones en la sierra occidental cuando, en el seco verano costeño, las húmedas altiplanicies serranas ofrecían suculentos pastizales a la fauna de la época. Asimismo, los nómades que tenían su base de asentamiento en la sierra, cuyos valles recorrían y explotaban de acuerdo a una tácita división territorial, al llegar el seco invierno serrano emigraban hacia las más húmedas punas y jalcas cordilleranas o descendían hacia la costa para aprovechar la feraz vegetación que anualmente se producía en las lomas como consecuencia de la condensación de las neblinas lluviosas y húmedas brumas del invierno costeño.

Abrigos y reparos tempranos de la costa

Dibujos primitivos

Como ya se ha anotado, hasta ahora son pocos los restos encontrados en la costa del cazador-recolector que la habitó entre los 10,000 y 7,000 años a.c., pero afortunadamente tenemos una buena información acerca de su contemporánea de la sierra. Las características antropológicas del hombre que se refugió en las cuevas serranas de Lauricocha (7,566 a.c.) no debieron ser muy distintas de las que poseían los pobladores de la Costa, habida cuenta que tenían un tronco común, que su fijación en dicho medio no databa de hacía muchos años y que su economía dependía de la explotación de recursos similares o parecidos.

Asimismo, sus costumbres no debían diferenciarse demasiado, pues a las razones ya expuestas habría que agregar las derivadas de un frecuente contacto, coma resultado de los anuales movimientos migratorios a los que hemos hecho referencia.

Por lo expuesto, creo posible hacerse una idea acerca del aspecto y costumbres del cazador-recolector costeño en función de los datos que conocemos del hombre de Lauricocha. Según el ingeniero Augusto Cardich los cavernícolas de Lauricocha y de la sierra central en general, "eran de cabeza alargada y alta, es decir calico-hipsicráneos, con una cara medianamente ancha y una estatura de alrededor de los 1.62 m." (1981), y que se agrupan en pequeñas y medianas bandas que elegían un jefe que las guiara cuando las circunstancias lo exigían, escogiendo al más apto para cumplir con la tarea que la banda tenia que enfrentar

Cazadores de megaterios, milodontes, mastodontes y paleolamas durante el Pleistoceno, a fines de este y comienzos del Holocene, al extinguirse la megafauna los cavernícolas serranos se convirtieron en expertos y pertinaces cazadores de todo tipo de cérvidos y camélidos y, ocasionalmente, de aves y animales menores, dada la abundancia de la caza mayor. Cocinaban al fuego sus alimentos, asándolos o enterrándolos con piedras precalentadas, en versión prehistórica de la popular pachamanca; guardaban los líquidos en odres o mates de lagenarias y los calentaban sumergiendo en los recipientes piedras calientes y se vestían con pieles de animales y prendas confeccionadas con fibras y tallos de plantas lacustres, tejidos mediante el entrelazado o anillado que usaban para confeccionar esteras y redes.

Viviendas transhumantes

Megafauna

Los instrumentos y herramientas eran principalmente pétreos, trabajados mediante percusión, presión y abrasión, y tenían como máxima expresión las hermosas y grandes puntas foliáceas de doble cara que caracterizan a todas las culturas de la época. La vivienda consistía, fundamentalmente, en reparos, refugios y cavernas naturales, que completaban, acondicionaban y defendían mediante la construcción de rústicos accesos, muros divisorios y perforaciones ventilatorias. Dichos alojamientos, que ocupaban la mayor parte del tiempo, se alternaban, durante sus incursiones a la costa, con los campamentos levantados en las lomas o playas, basándose en tiendas rudimentarias forradas con pieles o albergues construidos con livianos troncos, cañas y esteras.

Los hallazgos hechos en Paracas, Pucusana y Lurín de viviendas de principios del Holoceno, muestran que, tal como lo hemos afirmado, los caracteres somáticos y costumbres de los hombres de la costa y de la sierra diferían sólo en aquellos aspectos que el imperativo del medio hacia obligatorias.

En definitiva, parece aceptable que tomemos la imagen del hombre de Lauricocha para formarnos una idea del poblador de la costa central de fines del Pleistoceno.

Véase también

Referencias